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Cumbres Borrascosas

v. 3.0 por Heathcliff

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LA ESPINA DE LA AMAPOLA
Una emocionante historia de intriga en los orígenes del nazismo

 La cabra de los skinheads.

Anonimo escribió "La cabra de los skinheads Regresar a una ciudad que crees conocer, volver a sus calle tantas veces recorridas, solo o en compañía de otros. Volver a través del túnel de los años transcurridos sin tener memoria de los días pasados, porque estos se han ido sin dejar constancia. La ciudad ya no es la misma, ni la gente que la habita, nada está donde estaba porque el tiempo se ha encargado de transformar todo. Y bajas desde la Calle de Atocha hasta el viejo barrio de Lavapiés perdiéndote por sus calles, intentas llegar a la plaza, y buscas el bar aquel donde un matrimonio de apenas treinta años, servían las mejores croquetas de todo Madrid. Y, subes y bajas, y no logras encontrarlo, porque has pasado media docenas de veces antes el, y nada es igual. El matrimonio no es el mismo; él apenas tiene pelos y los pocos que le quedan están encanecido, y su rostro no es el mismo que tu recordabas. A ella, a la mujer, la ves pequeña y enterrada en carnes, y de su nuca ya no prende su maravillosa trenza de vikinga, su rostro está ajado y marchito. Pero hay algo que no ha cambiado, en el mostrado, encima de una barrica de cerveza alemana, había y hay un souvenir gracioso y típico, una cabra Tirolesa. Cuando se servia una pinta de rica cerveza negra, la cabra o en este caso el souvenir de cabra, emitía un largo y recurrente balido. Los presentes volvíamos la cabeza cada vez, mientras llenábamos nuestros estómagos con pinchos; yo, de morcilla, que eran mis preferidos. No entro en el bar, dejo ir mis pasos de regreso sobre el camino andado, y subo hacia la Plaza de Santa Ana, me encuentro con media docena de skinheads. Éstos vestidos con faldas escocesas, y en sus cinturas, un colgajo, sólo que no son sus incipientes prepucios. En relieve, una cabra. Vaya coincidencia, la mañana la tengo encabritada hasta el mismo hueso viejo de mi fémur, que fracturado en mis primeros años locos, cuando era dueño de una clásica Lambreta y, en unos de mis viajes por el alto Guadarrama, hacia la Bola Del Mundo, me fracture ambas piernas. ¿Qué harán estos pardillos del tres al cuarto, - pienso -, vestidos de estas guisas?. Vaya manera de divertirse que tienen ahora los jóvenes. Y prosigo con mi nostálgico paseo hacia la Carrera de San Jerónimo, con el orgullo marchito, porque jamas podré regresar al túnel de mis veinte años. Y, por esos extraños caprichos del destino, esta mañana al elegir camiseta, mi hijo me prestó una de las suyas, una de color negro con la figura de un macho de gran cornamenta y cuernos plateados. Filippa. "

Enviado por heathcliff el Thursday, 01 January a las 00:59:59 (40 Lecturas)
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 EL CERRO Y EL PASTORCILLO (Arwen)

Arwen escribió "¿Cuantas veces hemos ido a un lugar y hemos imaginado una historia que luego coincide con la realidad? así me paso cuando fuí a visitar este sitio y muchos más. Este es uno de los relatos de mi blog escritos de mi puño y letra, podreís leer más en Relatos Jamás Contados o Un Paseo por Madrid, los cuales con vuestro permiso también publicaré aquí.

Saludos.
Arwen."

Enviado por heathcliff el Thursday, 01 January a las 00:59:59 (39 Lecturas)
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 La mercancía (fuera de concurso)

Anonimo escribió "
 - Aquí dentro puede sacarse la capucha- le dice sentado sobre la cama un hombre de barba sucia.


Kail le da la mano mientras registra visualmente cada rincón del cuarto.


- Lo olvidaba- dice, y con un manotón descubre su cabeza.


- No tema- le calma el tipo-. Aquí no hay modo que den con nosotros.


El recién llegado se acerca a la ventana y sólo ve gente que transita por la vereda vestida como él con sayal gris, capuchón subido y enorme cruz grabada en el pecho.


- ¿Lo trajo?- pregunta siempre mirando afuera.


- Claro.


Kail retuerce sus dedos y mira el reflejo en el vidrio del sujeto buscando en un bolso que sacó de debajo del catre.


- Han estado mucho tiempo en el poder- musita.


- Demasiado- responde el intermediario alargándole una caja pequeña.


Él se da vuelta y con avidez da los pasos necesarios para apoderarse de ella. Saca del interior un lápiz de labios y lo huele.


- Es de frambuesa- afirma complacido.


- No sabe cuánto nos costó dar con uno. Hace más de cien años que están prohibidos.


- Lo sé.


El tipo reposa las manos sobre los muslos y mirándole fijo, le interroga:


- ¿Vale la pena?


- Sí.


- ¿A pesar que cuando pinte los labios de su novia dormida ella despertará y es un hecho que terminará denunciándole?


- Si veo sus labios brillando bajo una luz tenue y logro posar suavemente mis labios en los suyos, sí. Seguro.


El proveedor al verlo colocarse de nuevo la capucha le señala riéndose:


- Está completamente loco, ¿sabía?


Mientras coloca el dinero sobre la colcha, Kail, se oye decir:


- Sólo soy el primero.

"

Enviado por heathcliff el Thursday, 01 January a las 00:59:59 (209 Lecturas)
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 [326] LOS VERSOS QUE NO ENTIENDES (Cap_alatriste)

El paquete que dejó el cartero no tenía remite alguno. Lo observó curiosa e intrigada antes de abrirlo y es que cualquier situación que difiriese de la rutina que desde hacía años la acompañaba suponía para ella todo un acontecimiento.
 
Cuando lo abrió, lo primero que vio fue aquella foto que casi ya no recordaba. Aquel rostro infantil de veinteañera y el cuerpo acariciado por su inolvidable vestido rojo. Era el verano del 87. En el dorso de la foto encontró un poema de Yeats que sabía de memoria escrito con su inconfundible letra. Fue el último poema que Mario les recitó.
 

 
Estaban a la orilla del mar, con la tenue luz de un fuego improvisado bajo una luna menguante, entre risas y brindis y promesas de futuro. María los abrazaba y bromeaba con ellos:  - sois los hombres de mi vida. No podría vivir sin vosotros. Y después irrumpía en aquellas carcajadas plagadas de vida y de presente. Ellos eran Fernando, su novio, y Mario, el eterno amigo de los dos.
 
Se acurrucó junto a Fernando y pidió a Mario que les recitara sus poemas de amor. Aquella escena no era nueva. Siempre que se reunían, Fernando, Mario y Ella, terminaban de la misma manera. Ella pidiéndole sus poemas, Mario recitándolos y Fernando protestando entre bromas y haciéndose el aburrido aunque en el fondo también le gustara. Dependiendo de la noche, Mario sacaba de su repertorio o se limitaba a sus clásicos: Neruda, Benedetti, González, Yeats, Baudelaire… y Sabines. De entre todos, Sabines era su favorito. Sólo leía poemas de amor y desamor. Así hasta que Fernando decía –aunque no lo sintiera- no aguantar más y entonces solían marcharse a casa. Ya de vuelta y mientras Fernando pasaba la mano por su hombro y Ella agarraba su cintura, se sentía por un momento miserable al pensar cómo le gustaría tener un novio que escribiese poemas, o al menos tuviese la sensibilidad para leerlos, y cómo tal vez en otra vida –o tal vez en ésta- se hubiera enamorado de Mario si lo hubiera conocido en otras circunstancias o no fuese el mejor amigo de Fernando. Aquella noche, Mario terminó la velada con un poema de Yeats. Esta vez, sin que Fernando protestara, se levantó sacudiéndose las palmas de las manos y dijo encontrarse cansado. Se alejó hacia el puerto caminando descalzo, con los zapatos en su mano derecha sobre la arena de aquella solitaria y calmada playa. Fue la última vez que lo vieron.
 

 
Fernando desapareció de su vida unos años más tarde y no quedó mucho de él en su memoria. Recordaba a Mario, sí, en aquellas maravillosas veladas nocturnas que tantas veces compartieron. También pensaba qué habría sido de él y por qué desapareció de aquel modo tan abrupto.
 
Ahora sabía que acababa de morir y que ese era su legado.
 
Lloró volviendo a ver aquellos cientos de cuartillas manuscritas donde estaban todos aquellos versos que él tantas veces recitó. Miles de líneas con las que él trató de decir tanto más de lo que simplemente decían, pero ella no entendió. Lo hacía ahora, demasiado tarde, veinte años después, justo al releer de nuevo – por más que lo sabía de memoria – en el dorso de su foto El vino entra en la boca, aquel poema de Yeats que fue el último que Mario les leyó.


Enviado por INCON el Thursday, 01 January a las 00:59:59 (201 Lecturas)
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 [326] CORRESPONDENCIA (Vichoff)

NINGUNO
De:          Matilde Rivero Martínez (marimar@coldmail.com)
Enviado: lunes, 03 de diciembre de 2007, 21:22:23
Para:       Arturo Martín González (armargon@coldmail.com)
Arturo: acabo de mirar el correo y no he recibido nada tuyo. No sé si se debe a algún error de envío o a que te has dejado llevar por tu habitual indolencia y no has hecho los deberes. No sé lo que tú piensas al respecto pero yo creo que si no nos tomamos esto en serio no vamos a ninguna parte.
Matilde.
 
Re: NINGUNO
De:          Arturo Martín González (armargon@coldmail.com)
Enviado: martes, 04 de diciembre de 2007, 02:03:04
Para:       Matilde Rivero Martínez (marimar@coldmail.com)
Matilde: no sé lo que piensas tú de esto pero yo tengo claro que lo hago por divertirme. Si voy a encontrar aquí las mismas exigencias que en el resto de mi vida será mejor que sigas tú sola.
Arturo
 
Re: Re: NINGUNO
De:          Matilde Rivero Martínez (marimar@coldmail.com)
Enviado: miércoles, 05 de diciembre de 2007, 16:17:18
Para:       Arturo Martín González (armargon@coldmail.com)
 Por Dios, Arturo, eres como un niño. No se trata de exigencias sino de un poco de disciplina, ¿no lo entiendes? Quedamos en hacer el trabajo ateniéndonos a unos plazos, ¿tanto te cuesta cumplirlos? Ayer llegué a casa derrotada, tuve un día durísimo, y me animaba la idea de encontrar lo tuyo para seguir y así concentrarme en ello y olvidarme un poco del resto del mundo. A lo mejor fue por eso por lo que me contrarió especialmente que no hubieras enviado tu parte.
Anda, sé bueno. Por una vez, sorpréndeme cumpliendo como un señor.
Un abrazo.
Matilde
 
MI PARTE
De:          Arturo Martín González (armargon@coldmail.com)
Enviado: miércoles, 04 de diciembre de 2007, 18:019:0420
Para:       Matilde Rivero Martínez (marimar@coldmail.com)
 
Yo siempre cumplo (¿cómo puedes dudarlo?) y más si se trata de una mujer.
Aquí la tienes. Espero que te guste y que puedas continuar bien. Yo pondría la gráfica justo a la derecha del texto, mira a ver cómo queda.
Todos tenemos días malos, prenda, pero a ti te sientan especialmente mal: te pones… sulfúrica.
No tengas prisa en contestar, me marcho mañana por la tarde y no vuelvo hasta el domingo. No eres la única que necesita olvidarse de todo.
Un abrazo.
Arturo
 
Re: MI PARTE
De:          Matilde Rivero Martínez (marimar@coldmail.com)
Enviado: Domingo, 09 de diciembre de 2007, 22:23:24
Para:       Arturo Martín González (armargon@coldmail.com)
 Muy cumplido, sí, señor.
Espero que hayas disfrutado el puente y que hayas vuelto cargado de energía y dispuesto a trabajar como un loco. Como solo me marché el viernes y el sábado he tenido tiempo de hacer dos capítulos, espero que no te importe. Revísalos, dime qué te parecen.
Un abrazo.
Matilde
PS: ¿Has conseguido olvidarte de todo?
 
Re: Re: MI PARTE
De:          Arturo Martín González (armargon@coldmail.com)
Enviado: domingo, 09 de diciembre de 2007, 23:24:25
Para:       Matilde Rivero Martínez (marimar@coldmail.com)
 Eres una máquina. Acabo de leer lo que has mandado y… ¿cómo lo diría?… ¿Diría que te han quedado… redondos? Probablemente ésa sea la palabra, te va como anillo al dedo, Doña Perfecta. No sé si mañana podré hacer algo, tengo mucho trabajo pendiente. Por si acaso, no lo esperes.
Un abrazo.
Arturo
PS: Conseguí olvidarme de… casi todo.
 
 
 
Re: MI PARTE
De:          Matilde Rivero Martínez (marimar@coldmail.com)
Enviado: lunes, 10 de diciembre de 2007, 10:11:12
Para:       Arturo Martín González (armargon@coldmail.com)
 No te preocupes, yo también voy a tener una semana frenética, manda cuando puedas. ¿De verdad te gustaron? No es por devolverte el cumplido pero el último que enviaste está muy bien, sobre todo la parte en la que relacionas (tan hábilmente) las variables con los resultados del primer sondeo.
Unos amigos me han invitado a pasar la Nochevieja en la montaña, en una casa rural. Me lo estoy pensando.
Un abrazo.
Matilde.
PS: Ya me contarás de qué “casi” no conseguiste olvidarte.
 
OTRO MÁS
De:          Arturo Martín González (armargon@coldmail.com)
Enviado: martes, 11 de diciembre de 2007, 15:16:17
Para:       Matilde Rivero Martínez (marimar@coldmail.com)
 He hecho este capítulo para intercalarlo entre los dos tuyos, enlazando un poco lo que dices con lo que vendrá más adelante. No sé si interesaría cortar ahora y pasar a la tercera parte. De todas formas… podríamos discutirlo en persona. ¿Quedan plazas libres en esa casa rural?
Un abrazo.
Arturo


Enviado por INCON el Thursday, 01 January a las 00:59:59 (202 Lecturas)
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 [326] PLAN B (Flicker)

El hombre tenía un trabajo que le daba para vivir bien, mantener una familia y olvidarse de las demás cosas. Para plegar, por ejemplo , su escala de valores , dejarla doblada con los demás sueños en el trastero y dedicar el tiempo libre a sus hobbies, entre los que destacaba el cuidado de  los setos de su jardín.
 
En los últimos tiempos, más que cuidarlos, los recortaba con un primor  declaradamente artístico, vegetalmente caligráfico, de manera que al terminar la tarea quedaban escritas en los setos palabras tales  como VALENTÍA, DIGNIDAD, ORGULLO, DISCIPLINA, MÉRITO...
 
Lucían muy bonitas a la vista aquellas líneas vegetales, y, en cierto modo  aquellas verdes palabras eran su orgullo  , si bien es verdad que algunas veces sus mejores amigos le decían
 
-Mucho escribes tú en los setos. Algún día vas a tener un disgusto.
 
No era un disgusto. Sólo era el cartero.
 
La carta venía del  V2RPSJ ( Vicenegociado Segundo  para el Recorte Politicamentecorrecto de los Setos de Jardín). Venía a decir, en educados términos, que había sido analizado y democráticamente resuelto que el contenido literal de las líneas de sus setos podía resultar ofensivo para ciertas sensibilidades, y que, por su bien y por el de la colectividad .convendría que pusiese fin a aquel clorofílico escándalo.
 
Nuestro hombre no se alarmó en absoluto. Parecía como si se lo estuviera esperando, porque inmediatamente dio inicio a lo que parecía un plan B. Volvió a tomar las tijeras y con  arte inigualable,  en poco más de un fin de semana,  de las líneas de sus setos desaparecieron aquellas palabras tan crudas, siendo sustituidas por otras igualmente validas, pero mucho menos hirientes, como  PROGRESISMO, SOSTENIBILIDAD, CIUDADANÍA, DISCRIMINACIÓN POSITIVA, ESPACIOS DE  ACERCAMIENTO... e incluso se permitió una celebradísima línea en la que se leía ...NO HAY QUE METERSE : ES SU CULTURA.
 
Viendo aquello el pueblo en general florecía en parabienes y la carta que ahora vino del 3HCRPSJ ( Tercer Hipernegociado para Comprobación del Recorte Políticamentecorrecto de los Setos de Jardín) , le felicitaba, le ponía de ciudadano ejemplar para arriba y le auguraba una vida plena y feliz en aquella, la brillante decimoquinta Realidad Megasuperintranatradicional, a la que tanto él como el departamento se enorgullecían en pertenecer.
 
Pudo entonces nuestro hombre sentarse a descansar entre sus setos. Y allí, en la mecedora, entregarse bastantes tardes al segundo de sus hobbies después de la jardinería, que era leer. Así estuvo durante un tiempo leyendo a sus autores y articulistas favoritos , hasta que sus mejores amigos no tuvieron más remedio que decírselo de nuevo.
 
-Mucho lees  tú entre los setos. y ,sobre todo...¡ a quienes lees! Algún día volverás a tener otro disgusto.
 
No era nuestro hombre de esa opinión.  Esta vez no esperaba admoniciones oficiales vía postal. Cada vez que despedía a sus amigos y continuaba leyendo allí, entre las filas de sus setos políticamente correctos, les soltaba la misma frase.
 
-¡Hombre! Tampoco creo que pase nada por leer entre líneas.


Enviado por INCON el Thursday, 01 January a las 00:58:59 (192 Lecturas)
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 [326] MACHO, PALMADITAS EN LA ESPALDA (Tacirupeca_jaro)

En aquella época trabajaba maquetando anuncios de prensa en Antón Martín, la filmoteca quedaba justo enfrente, al otro lado del mercado. Pero a él, el cine no le interesaba lo más mínimo, mucho menos aquellas historias rotundas de parejas ensimismadas, sin duda prefería la cochambre palomitera del barrio, las actrices rubias con las tetas postizas y el color irreal de los ojos de aquel actor, imbécil multimillonario, carnaza de marujas reprimidas y potenciador de la alta clase sin clase, que llenaba las páginas del maravilloso e inmundo papel couché.
La oficina de Plaza España olía a los guisos del restaurante turco de la planta baja, él comía allí casi todos los días porque sabía que aquella carne chamuscada podría tener incluso una procedencia maligna. A veces había bajado al chino del parking pero comprendió que hasta los palillos de madera lavados carecían de interés ecológico.
Cuando la panda de machotes inflaban el pecho arrebatados por el homenaje futbolístico de los lunes, alentaban al Nono a una especie de mística transfiguración. La frase era “qué cojones”. El mequetrefe se daba la vuelta y reía un poco enojado sin saber qué contestarle. Macho, qué cojones.
Ese ambiente sublime se le mostraba como un auténtico prodigio de osadía pero tal vez su padre esperaba algo más, una frustración lujuriosa de verdad.
Publicidad encubierta y vuelta a empezar. El negocio era darse palmaditas en la espalda de buena mañana y como le encantaba madrugar, llegaba en metro dos horas antes para desayunar en la cafetería y observar con dicha al indefenso que engulle café con churros, la obviedad de una ciudad enferma, acojonada por su particular miseria. 
La simbología que insertaba al pie de los faldones nunca había sido descubierta pero estaba escrito. Lo que Nono decía, su verdadera imagen y la consigna de oro que impregnaba el ir y venir del diario gratuito matinal, estaba impreso.
´Nono`, le llamaban sus amigos desde las torres más altas de la ciudad. Y caminaba altivo sobre la alfombra de terciopelo porque allí sí era realmente infeliz.


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 [326] CENA DE EMPRESA (Bienal)

Ya se sabe, en Navidades hay que cumplir con el ritual y aunque la empresa haga aguas por todos los costados y el dinero de las pagas extras haya que prorretearlo a lo largo del año “porque no hay liquidez”, no importa, hay que cumplir con la tontería de una cena copiosa en un restaurante de moda que ponen límites tanto al tiempo como al gasto, con un  menú hecho de productos descongelados con picardía, unos vinos cabezones de etiqueta sospechosa y unos licores rellenados en botellas de desecho.
 
Ricardo forma parte de la empresa, no ocupa un lugar importante entre los treinta empleados, pero se distingue por su salero andaluz, su gracia manchega, su imaginación levantina y el color de sus ojos. Ricardo que frisa los treinta años de edad tiene piso propio, coche cómodo, viste a la moda sin exagerar y tiene una labia capaz de tumbar a un camello. De cuando en cuando Ricardo fuma un peta, se pasa una línea por las fosas nasales y es aficionado al whisky con hielo o con soda, depende. Y tiene fama de ligón. De muy ligón.
 
La cena comenzó con unos entrantes a base de croquetas, porciones de queso irreconocible, jamón común, espárragos envueltos en algo, una cucharadita de ensaladilla rusa o polaca, y luego el plato fuerte: troncos de carne de ternera con setas de invierno. Eso decía el camarero, un rumano de pocas palabras y de sonrisa ancha a costa del cual se hicieron más de dos chistes.
 
Corría el vino y las anécdotas. Corría el alcohol y las insinuaciones pícaras. Y la conversación iba en aumento. Poco a poco Ricardo se hizo el protagonista del corrillo. Cualquiera diría que llevaba una semana sin interlocutor y aprovechaba el momento para desembuchar. Petra, que estaba a su lado, se encargaba de que a Ricardo no le faltara vino en la copa. Y Ricardo enfrascado en la conversación y empavonado por la atención de la audiencia, hablaba y hablaba de sus cosas y de las de los demás.
 
Y llegó el momento que tenía que llegar y Ricardo habló de sexo. Primero unos chistecitos picantes, luego alguna aventura amorosa de fin de semana. Y por fin la bomba: ¡hoy hace siete días que estuvo con una que le pegó la gonorrea! Los que lo rodeaban callaron de golpe. Cogieron la copa y bebieron un sorbo para disimular.
 
Unos puestos más allá, Rosa, a quien todos conocían como “la muda”, porque nunca hablaba de sus cosas, se levantó con los ojos llorosos y se fue.
 
“Es lo que tienen las cenas de empresa, que destapan amistades peligrosas”, comentó Juanito con cara de pocos amigos.


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 [326] BICHOS (Escritorcillo)

Hibiscos naranjas. Hibiscos amarillos. Formas voluptuosas del placer. Amplias y exuberantes corolas. Afrodisíacos pétalos. Incubos de mirada amarilla y dientes perfectos. Vergajos grandes y largos, entre las matas de hibiscos, autopulsándose. Abuso de anacondas de vidrio. Carne de cohombro, ascidias rojas, dobles búcaros y sifones, carne de pulpo. Curvas y rectas para aguaceros y fornicios, mixtura de sándalo y orquídeas. Torsos de lluvia y luna, para Florencias y Atenas y Romas, hechas de nudibranquio y ansia. Lunas escindidas y esfínteres en vacío, succionantes circunferencias de golosina. Dobles y triples penetraciones impuras. Choque de moluscos y babosas lenguas, en arcángeles de vino y pértiga. Bamboleo de curvaturas espectrales, níveas palomas, mirlos de antracita. Visión de voluptuosidad tangible, fiebre en las estribaciones del espasmo. Orgasmos, muerte, sinalefa, cintura, sexo. Lenta floración de rosas negras, rápida ocupación de territorios de culebras, bocas sin cese, lenguas nunca satisfechas, bocas glotonas, regaliz y fruta, Madagascar y Oslo. Abuso de anacondas amarillas, para vergajos tiesos, o blandas opalescencias de pepinos. Pulcritud para un olor a fuego. Cúrcuma. Selva. Arcángeles y murciélago, fruta violada, sandías para pecado, establo de cerdos, cerdos maravillosos, puercas similitudes de gloria, carne y paliza, orgía. Precipicio en el que las profanaciones se suceden. Riesgo leve de muerte y ofuscada sensación de peligro, junto con lianas de nirvana y guateque. Lucha de cuerpos. Musculatura. Espanto. Bichos. Aceite, corrupción, lepra, gengibre, tocadiscos, muchachos, choza. Carne de sepia, suave piel del toro, ansioso de espada y cuerno. Anfioxo. Bichos. Musculatura. Espanto. Bichos. Buaggggg, asco, buagggggg, placer. ¡¡¡Bichos¡¡¡, ¡¡¡bichos¡¡¡, ¡¡¡¡bichos¡¡¡¡.


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 [326] ULTIMA CARTA (Thinkerbell)

Ahí estaba. Escondida entre la maraña de propaganda, traviesa, apareciendo entre las demás como aquellos payasos de muelle que saltan al abrir el regalo en las películas de dibujos animados. ¡Sorpresa!.
No había sorpresa. Llevaba esperando aquella carta desde que la mirada de él le susurró “yo también te amo” por detrás de la mampara de cristal de la Caja. Meses de signos cómplices, semanas de palabras disfrazadas, días de sutiles caricias al intercambiar recibos, noches esperando el alba y la hora de apertura al público del Banco donde él trabaja. Sabía que, en algún momento, él pergeñaría la mejor manera de propiciar un encuentro. Los dos libres del disimulo. Por fin.
Sus piernas, a menudo torpes e hinchadas, subieron las escaleras al ritmo galopante que marcaba su corazón. Necesitaba rasgar aquel sobre, desvelar su contenido, empaparse con sus palabras, rebozarse entera con aquel papel que sus manos habían tocado. Sonrió admirando la brillante estratagema de esconder el mensaje bajo la apariencia insignificante de otra común carta del Banco.
No perdió tiempo en quitarse el abrigo. En el mismo vestíbulo de su diminuto piso arrancó el papel y con la ansiedad percutiendo en sus sienes devoró el texto escrito en cualquier imprenta. No entendió nada. ¿De qué productos financieros hablaba?.
Tomó aire y trató de tranquilizarse. Nada mejor que acogerse a sus rutinas, a su batita de estar en casa, sus zapatillas y su poleo caliente, para recuperar la calma necesaria que le ayudara a desentrañar las claves ocultas del mensaje. Porque estaba claro que su jovencísimo cajero, audaz y prudente, había enmascarado sus palabras para que sólo ella pudiera leerlas. Desconectó el teléfono. Evitar las distracciones, concentrarse, encontrar el hilo para desenredar el misterio.
La despertaron al mismo tiempo una revelación y el relente de la madrugada. ¿Cómo es posible que no se le hubiera ocurrido antes? Había perdido toda la tarde y buena parte de la noche recosiendo palabras a partir de la primera letra de cada línea, o de la tercera a partir de punto, o las que se correspondían con fechas señaladas: su cumpleaños, su jubilación, el día en que abrió la cuenta, la primera vez que él le dijo “Qué guapa estás, Manolita”. Y había encontrado absurdos, paradojas, tonterías. Hasta que en sueños recordó la receta de la tinta invisible. ¡Cómo había sido tan estúpida! Lo había leído cientos de veces en sus novelas de amor. Zumo de limón en lugar de tinta y pasar la plancha caliente para que apareciera, como por arte de magia potagia, el codiciado  mensaje. Le imaginó en los baños de la sucursal, escondido de sus compañeros y jefes, impregnando con sumo cuidado el fino pincel, escribiendo con prolija caligrafía entre las líneas de aquella fría misiva que ahora ella se sabía de memoria y dio gracias a todos los dioses por haberle regalado, a las puertas de la vejez, la pasión y el romanticismo de un hombre con tanta ternura como su jovencísimo cajero.
Pero el calor de la plancha sólo le produjo una nueva decepción y esta vez no pudo reprimir un llanto que la desbordó sin desahogarla. Luchaba contra un cansancio antiguo, hecho del cúmulo de muchas derrotas, y no encontraba báculo donde apoyar las pocas fuerzas que le quedaban para seguir buscando. Sólo la sostenía la convicción de que no podía perder la última oportunidad que la vida le deparaba. Por eso esta vez seguiría escudriñando aquel odioso papel hasta dar con la llave que abriría la puerta de su felicidad. Era de justicia.
 Cuando los bomberos consiguieron entrar en su domicilio, Manolita seguía llorando, rodeada de un puzzle inconcluso de palabras recortadas de cientos de cartas de su entidad bancaria. La voz de alarma la había dado una teleoperadora argentina, preocupada porque una señora mayor no cesaba de llamar a Atención al Cliente preguntando día y noche por su amado, un jovencísimo cajero cuyo nombre desconocía.


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