Margarita se resistía a abandonar la ropa de verano. Le daba una pereza tremenda empezar a ponerse medias, blusas de manga larga, prendas de abrigo... En verano era todo mucho más sencillo. Una simple falda, una camiseta (de las que su amiga Vicky llamaba U-shirt, por la cosa del escote) y listo: una estaba vestida en un santiamén. O desnuda. Y aunque el verano le resultaba cada vez menos soportable, el otoño la empujaba, cada año un poco más, a la melancolía. Tal vez le recordaba que el otoño de su vida se acercaba sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo.
Ganar o perder: ésa era la cuestión. Y ella había perdido, estaba claro. Había perdido muchos años de su vida junto a un hombre al que nunca había querido.
Risas y llanto. Más llanto que risas, desde luego. Llanto el día de su boda, porque desde el principio supo que aquél era el mayo error que podía cometer en su vida. Llanto cada vez que recordaba al maestro.
Tapar agujeros. A esa tarea había dedicado gran parte de su tiempo: a tapar los agujeros de la memoria por los que, constantemente, volvía su recuerdo. Le había costado un gran esfuerzo pero podría decirse que casi había conseguido olvidarle. Casi.
Y, con todo, seguía recordando. El pueblo, la casa de sus padres, los amigos de juventud, la escuela... y sobre todo el mar. El mar que la había conocido desde niña; el mar en el que había encontrado tanto consuelo, sobre todo después de que el maestro se fuera.
El mar había sido testigo de las primeras lecciones, junto a él había oído por primera vez los nombres de Piaget, Skinner, Jung, Freud. Y junto a él, colmados sus oídos por el rumor del oleaje y por las palabras del maestro, había recibido la primera, la más completa, la más hermosa lección de anatomía.
Mañana puede ser demasiado tarde, solía decir el maestro. Y había resultado terriblemente cierto. Porque ella había esperado a mañana para decirle que estaba embarazada pero al día siguiente el maestro había abandonado el pueblo sin dejar señal de su paradero. Hay hombres que parecen huir de la felicidad, como si el terror que sienten ante la idea de perderla les empujara a renunciar a disfrutarla. El maestro era uno de ellos.
Esperó unos días pero, al ver que el maestro no daba señales de vida, no tuvo más remedio que contar en casa lo que sucedía. Su padre le dio una paliza y se apresuró a concertar la boda con Mariano, el hijo del panadero, que la perseguía obsesivamente desde los doce años. Ahí murieron sus ilusiones y la posibilidad de un futuro diferente: matrimonio, casa, hijo, negocio... no había tiempo para mucho más, no había tiempo para estudiar sicología. Después vino el inevitable divorcio y, a la muerte de su padre, el estanco como única posibilidad para mejorar su vida y la de su hijo. Y allí estaba. En el estanco. Vendiendo humo.
Tropezó con el anuncio nada más abrir el periódico: “Doctor Ritmanblú. Siquiatrólogo. Dylanterapia. Horarios concertados” Tuvo que agarrarse al mostrador para no caer al suelo como una marioneta a la que hubieran cortado las cuerdas. Volvió a leerlo, parpadeó, suspiró, leyó otra vez. Cerró el periódico despacio, con la mirada perdida más allá del escaparate, y vio la calle en la que el verano empezaba a retirarse ante la llegada imparable del otoño. Y pensó que igual el día menos pensado cometía la locura de llamar para pedir hora.