Anonimo escribió "Aquel hombre apareció cuando recogía mi puesto de trabajo. Canoso, de aspecto respetable, bien enfundado en un abrigo de paño azul marino. Preguntó por mí, farfullando mi nombre, y le atendí contrariado. ¿Por qué no le mentí y le dije que la persona por la que preguntaba se había ido hace rato?
Se sentó ante mí con decisión y su mirada me inquietó. Mientras se acomodaba en la vieja silla frente a mi mesa, me preguntó por un viejo caso, archivado y prescrito, de una adolescente desaparecida hacía ya treinta años. Encontramos a la chica muerta, con signos evidentes de haber sido enterrada viva, junto a un papel manuscrito entre sus manos. Siempre ocultamos ese punto a la prensa por cautela. No pude evitar una carcajada sarcástica cuando confesó que él mismo había cometido tal crueldad y que aquella misma noche, un 25 de diciembre de 2007, había raptado a otra chica y la había enterrado viva. Lo único que quería era entregarse y arrepentirse.
Recordé como en aquel caso yo aun era un policía raso, sin experiencia, que iba en las cuadrillas de rastreo en busca de cualquier pista de aquella chica. En ese día de Navidad de 1977 que supimos que Mariví fue encontrada maniatada sin ningún signo de violencia ni de vejación, odiamos más que nunca al asesino pues nunca pudimos deducir como logró que una persona pudiese por voluntad propia aceptar su propia condena a muerte.
Al punto, viendo mi incredulidad, el hombre me dijo que siempre se sintió muy indignado que jamás se supiesen las últimas palabras de Mariví, aquellas que escritas de su puño y letra afrontaba su repentino destino al verse frente a un verdugo que sin piedad tan solo le concedería el deseo de escribir sus últimos sentimientos. Mariví quería ser médico y por ello dejó bien claro que todos sus órganos fuesen donados, por lo que instó en sus últimas palabras a su verdugo que revelase de alguna manera como encontrar su cuerpo lo antes posible para que pudiera salvar vidas.
Fue entonces cuando le creí y intuí que aquel hombre de mirada fría no era más que un siniestro romántico, un patético fracasado que deseaba tener notoriedad al precio que fuera. Cuando le pregunté por la nueva víctima, me contestó con calma que se había dirigido personalmente a mí por ser el último y expreso deseo de la misma. Continuó sosegado describiéndome con todo lujo de detalles el móvil que le había regalado en Nochebuena a mi propia hija.
"