Kodak, de María Teresa Andruetto
Una mujer observa fotos, lenta y delicada. Se trata del álbum de su vida. Cada poema de Kodak es una instantánea y desata la memoria, el presente o el futuro, el viaje por la infancia, la interrogación por el origen y constitución de la propia identidad, la subjetividad reflexiva.
En la escritura femenina es frecuente esta persecución de la historia propia e interna, este modo de sumergirse en el pasado para explicarse a una misma, este trabajo con el yo. Y sin embargo, Kodak hace algo esencialmente diferente.
¿En qué reside ese plus por el cual el libro, al mismo tiempo en que se instala en lo que ya puede considerarse una tradición en la literatura femenina, se aparta para instaurar otra cosa? Es probable que la respuesta pase por una entonación donde se han superado la crispación y el desgarramiento. En el mundo femenino que construye este libro, el dolor, la alegría, el placer, la vida y la muerte, la nostalgia y el proyecto, todo encuentra su lugar. En ese sentido, aunque interroguen cada acontecimiento, cada escena mínima que los inspira, hasta extraerles una médula, se diría un secreto, los poemas de Kodak no formulan preguntas y escapan tanto de la nostalgia masculina por la infancia perdida como del gesto dramático femenino frente a las humillaciones y privaciones de nuestra niñez.
Las escenas contienen preguntas y misterio pero la escritura los acepta sin crispación y sin grandilocuencia, no se retuerce en el dolor, no se revuelve en la rabia y en la reivindicación, ni en la compasión por la niña que se fue, ni por los seres queridos que se perdieron, ni en el clamor inútil ante el dolor. Como un rollo de fotos, como una cámara tantas veces herida por la luz, Kodak no gime, constata dulcemente, incluso si lo que hay para constatar también es la devastación.
Yo miraba,
tras la lente de una Kodak
con la que él sacó fotos de la guerra,
antes que la muerte disolviera
sus pupilas y delegara en mis ojos
el dolor de mirarme desvastada
por la ausencia
De instantánea en instantánea, Kodak desarrolla una teoría de la mirada como herencia, mirada femenina construida sin embargo desde un legado viril (tal vez paterno).
Como un poeta minimalista, Andruetto se detiene en la evocación detallada de lo nimio, pero a diferencia del minimalismo, tan masculino en su vocación sistemática, en su negación de la subjetividad, ella se deja llevar por el saber de los sentimientos, por el capricho y la arbitrariedad de la memoria afectiva, por la fuerza simple y desnuda del simple y desnudo amor.
Es una foto de blanco
y negro, con los bordes ajados,
te diría (causa gracia esa remera de banlon, sobre los pantalones
nuevos). Tu madre, escondida
). Tu madre, escondidatras los niños, sostiene todo.
Veo las piernas y la pollera;
es su fuerza lo que miro,
te diría.
Kodak explora vivencias de niña que casi no han tenido representación en la literatura: la mirada del amor entre mujeres, la mirada amante de la niña a la madre, de la niña a la hermana. Ésas apasionadas relaciones que nos constituyen y casi no han sido antes escritas:
explora vivencias de niña que casi no han tenido representación en la literatura: la mirada del amor entre mujeres, la mirada amante de la niña a la madre, de la niña a la hermana. Ésas apasionadas relaciones que nos constituyen y casi no han sido antes escritas:
Te sacaste el vestido, la campera
te sacaste la blusa, las hombreras,
te sacaste el turbante, la remera,
te sacaste el corpiño, la bolsita de mijo,
te miraste al espejo y me miraste
y yo vi tu pecho crudo, las costillas
al aire, y después tu corazón
como una piedra, fuerrte y fatal
como una piedra.
Las mujeres de Kodak, en efecto, están llenas de fuerza, pero no se trata de la fuerza fálica: no supone la impotencia del otro, ni su miedo, no precisa, para ser, mantener al otro en la debilidad. Es la fuerza de la madre, una fuerza que construye, que afirma, que permite el crecimiento del ser más débil. Versión femenina de la autoridad y el poder, versión que tampoco tiene palabras y casi no se concibe en nuestra cultura, aunque también "sostiene todo", porque nos ha sostenido a todos los humanos que poblamos esta tierra.
La madre de Kodak "sostiene todo", y por eso también sostiene la escritura. En "Visita", el poema casi final, el hacer femenino de la hija –es decir su libro- se entrelaza con uno previo y ancestral de la madre ("y dice: "Ayer / hice dulce de duraznos" y yo digo / que hablaron de mi libro / en el diario"). Antes, la voz de la madre anciana ha cumplido la mítica tarea femenina de mantener tibio el hogar, de encender el fuego en la tierra que se habita: "Otra vez yo critiqué / al gobierno y ella dijo otra vez / "Es un país tan grande!". No quiere / que me queje: "¡Este país generoso / recibió a tu padre!" "
Delicado, casi diminuto, extrañamente fuerte en esa apuesta al susurro y lo pequeño, Kodak explora un minimalismo femenino que tolera el hiato, el misterio, la impotencia, el fracaso, la muerte, sin renunciar por eso a la alegría, distribuyendo con serenidad palabras simples y seguras para construir otra poesía de la mirada y la memoria.
Elsa Drucaroff
, de María Teresa Andruetto