La novela le estaba quedando como él quería. El estado de ánimo de Eustaquio Parde le permitía escribir con fluidez. No tenía que dudar para emplear el lenguaje adecuado, y el estilo lo mantenía sin altibajos de una forma fácil. Acababa de terminar el último capítulo de la primera parte, y nada se interponía entre su pluma y su propósito. El intento difería de los anteriores, en los que había tenido que vaciar la papelera en más de una ocasión. Esta vez no se había acobardado ante la indocilidad de una frase, de una circunstancia o de un personaje. Ni siquiera ante la rebeldía literaria de Lupita Cristal (la promiscua protagonista de su primera obra de género negro) se había achicado Eustaquio Parde.
El asesinato (en principio desaparición) de la esposa del presidente del Banco Silla y Respaldo, lo resolvió la detective Lupita Cristal leyendo entre líneas. En una entrevista que concedió a un canal de televisión, el banquero dijo en varias ocasiones y a la vez que se enjugaba alguna lágrima, que siempre que pensaba en Gloria se ponía a llorar. La cosa estaba clara, puesto que era sabida la afición a la horticultura del experto en operaciones sobre dinero: fue él quien mató a su mujer y la enterró en el huerto de la parte de atrás de su chalet, en el pequeño bancal donde después plantó cebollas. El mensaje había sido claro: pensar en la esposa pasada y troceada a cuchillo, hacía llorar; trocear cebollas con dicho instrumento cortante, producía el mismo efecto. Era evidente que el crimen pesaba demasiado en su conciencia. Prueba de ello fue que el banquero confesó a las primeras de cambio.
Satisfecho con la primera parte de su novela, Eustaquio Parde dejó para el lunes continuar con la segunda (Lupita Cristal tenía ante sí el reto de resolver el asesinato del presidente del Banco Silla y Respaldo, abatido por un francotirador al salir escoltado de la comisaría para ir a declarar ante el juez). Dedicarle el fin de semana a su esposa era sagrado para él. Cuando se acomodó en el sofá junto a ella, en la televisión local TVoces estaba hablando la mujer del tiempo: «Aunque empezará nublado, el domingo acabará con sol». Ante la buena perspectiva meteorológica, el matrimonio decidió visitar Valencia y dormir el sábado en el mismo hotel en el que lo hicieron hacía quince años.
Lo que Eustaquio Parde soñó aquella noche, hizo a sus pelos ponerse de punta: su vecino de rellano (el único del inmueble que vivía en pareja sin casarse) estaba eligiendo cuchillo para matar a su esposa. Después de hacer todo lo posible por disuadirlo con palabras, optó por hacerlo llegando a las manos. Pero no pudo, en ese momento despertó sudoroso y taquicardíaco. Al ver que a su lado, su mujer estaba durmiendo con descanso y quietud, se fue tranquilizando.
Como no pudo volver a dormirse, Eustaquio Parde estuvo un rato dándole vueltas al asunto; hasta que encontró el medio con el que sacar algo en claro: leer entre líneas. Enseguida supo que lo soñado era verdad. Se levantó de la cama con sigilo, se puso unos guantes, cogió un cuchillo de cocina y, en pijama y descalzo, salió al descansillo de la escalera y llamó a la puerta de su vecino. A la espera de su compañera (la meteoróloga de TVoces), abrió enseguida y recibió las cuchilladas. Tras comprobar que estaba muerto, murmurando: «Lo siento, Domingo, es la única forma de que no acabes tú con mi esposa», Eustaquio Parde cerró ambas puertas, lavó el cuchillo, lo dejó en su sitio y volvió a meterse en la cama. Sol seguía durmiendo a pierna suelta.
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