El sonido de una sirena suena por la calle Autonomía. El peso del camión de bomberos se añade al estruendo que se siente como una mole amenazante cada vez más cercana consiguiendo que los coches se apresuren a apartarse y dejen vía libre.
Hay fuego en la plaza circular donde el fundador de la villa está de piedra desde hace años. Llegan efectivos antiincendio y policía, también una ambulancia de la DYA.
Una humareda negra sube por la fachada desde el segundo piso de un edificio de oficinas. La gente se arremolina en la calle tras las cintas amarillas que despliegan ya los agentes para acotar la zona peligrosa. La mayoría son personas de edad más que suficiente que encuentran entretenimiento en los espectáculos gratuitos como en cualquier ciudad. Miran todos a lo alto, inocentes, sin sospechar del dolor tardío que sufrirán en el cuello que hará que acudan a su paciente médico de familia para decirle “Debe de ser el reuma, Doctor” y él les mirará escéptico alzando una ceja.
El sargento bombero trepa por la escala desplegada desde el camión mientras varios de sus compañeros acceden al lugar del siniestro por el interior del edificio. Es el primero en ver lo que ocurre allí dentro; Una mujer rubia, de sonrisa torva, agarra por el cuello una botella de vermut casi vacía y en la otra mano sostiene un cigarro humeante. Está de pie y contempla absorta un cuadro; Los Tres Reyes Magos.
La escena podría resultarle maravillosa al sargento si no fuera porque hay siete fuegos encendidos alrededor de la estancia y la mujer está a punto de ser engullida por las llamas. Algo la perturba de repente arrancándola de su abstracción. Una rata, salida de no se sabe dónde, huye de las llamas y pasa a medio metro de sus tobillos. Por fin reacciona. Es grande su alteración emocional ahora. Toma conciencia de que su vida corre peligro, y, despavorida, se arroja chillando por la ventana donde asoma el hombretón de traje ignífugo y casco, que la atrapa a tiempo y la recibe contra sí en un choque de energías considerable.
-Gracias, dice ella agarrándosele al cuello arrobada y derramando sus arrobas sobre el sargento que desciende con ella en brazos por la escala, hinchando pecho en la medida de lo posible para coger aire y no desmayarse, no vaya a quedar el cuerpo -el de bomberos- en ridículo.
La gente aplaude, vitorea al héroe, quien aprovecha el barullo para concertar una cita con la agradecida mujer.
Los bomberos animan cómplices al compañero con un guiño porque el idilio durará hasta que a ella le llegue la factura del Ayuntamiento. Y es que hay quien no valora la importancia de tener un seguro; de incendio cuando no a todo riesgo.
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