Ya se sabe, en Navidades hay que cumplir con el ritual y aunque la empresa haga aguas por todos los costados y el dinero de las pagas extras haya que prorretearlo a lo largo del año “porque no hay liquidez”, no importa, hay que cumplir con la tontería de una cena copiosa en un restaurante de moda que ponen límites tanto al tiempo como al gasto, con un menú hecho de productos descongelados con picardía, unos vinos cabezones de etiqueta sospechosa y unos licores rellenados en botellas de desecho.
Ricardo forma parte de la empresa, no ocupa un lugar importante entre los treinta empleados, pero se distingue por su salero andaluz, su gracia manchega, su imaginación levantina y el color de sus ojos. Ricardo que frisa los treinta años de edad tiene piso propio, coche cómodo, viste a la moda sin exagerar y tiene una labia capaz de tumbar a un camello. De cuando en cuando Ricardo fuma un peta, se pasa una línea por las fosas nasales y es aficionado al whisky con hielo o con soda, depende. Y tiene fama de ligón. De muy ligón.
La cena comenzó con unos entrantes a base de croquetas, porciones de queso irreconocible, jamón común, espárragos envueltos en algo, una cucharadita de ensaladilla rusa o polaca, y luego el plato fuerte: troncos de carne de ternera con setas de invierno. Eso decía el camarero, un rumano de pocas palabras y de sonrisa ancha a costa del cual se hicieron más de dos chistes.
Corría el vino y las anécdotas. Corría el alcohol y las insinuaciones pícaras. Y la conversación iba en aumento. Poco a poco Ricardo se hizo el protagonista del corrillo. Cualquiera diría que llevaba una semana sin interlocutor y aprovechaba el momento para desembuchar. Petra, que estaba a su lado, se encargaba de que a Ricardo no le faltara vino en la copa. Y Ricardo enfrascado en la conversación y empavonado por la atención de la audiencia, hablaba y hablaba de sus cosas y de las de los demás.
Y llegó el momento que tenía que llegar y Ricardo habló de sexo. Primero unos chistecitos picantes, luego alguna aventura amorosa de fin de semana. Y por fin la bomba: ¡hoy hace siete días que estuvo con una que le pegó la gonorrea! Los que lo rodeaban callaron de golpe. Cogieron la copa y bebieron un sorbo para disimular.
Unos puestos más allá, Rosa, a quien todos conocían como “la muda”, porque nunca hablaba de sus cosas, se levantó con los ojos llorosos y se fue.
“Es lo que tienen las cenas de empresa, que destapan amistades peligrosas”, comentó Juanito con cara de pocos amigos.
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