
No hay nadie que los mire
Fecha Thursday, 01 January a las 00:59:59 Tema
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Los cuatro fueron recorriendo las calles. El niño iba sobre los hombros del hombre. La niña estaba en los brazos de la mujer. Si alguien mira al niño, sus ojos enormes devuelven la mirada y la mirada es húmeda y envolvente. Si alguien mira la mirada del niño y la mirada del niño queda detenida en la mirada de alguien, ese alguien comenzará a estremecer, como si una lluvia reventara de repente dentro de esa mirada. Si alguien lo mira. Pero para que esto ocurra, alguien debe detenerse y mirarlo a los ojos y atreverse a seguir miràndolo. Por eso, tal vez, no hay nadie que lo mire. En cuanto a la niña, es frágil, casi volátil. Los brazos de la mujer no parecen notar el peso ínfimo de su cuerpo al cargarla. Si alguien mirara a la niña se quedaría enredado en sus largas pestañas negras y en esa tristeza milenaria que le abarca las aguas profundas y grises de sus ojos. Si alguien la mirara, tal vez, se preguntaría el porque de esa tristeza sin descanso siempre al borde de los ojos. Para que esto ocurra, alguien debe detenerse y mirarla a los ojos y atreverse a seguir miràndola. Pero no hay nadie que la mire. No hay ojos, no hay rostro, no hay corazón, no hay labios, no hay palabras que se muevan en el aire. Solo un naufragio subversivo comiéndose su tiempo de infancia. El hombre camina inclinado, mirando hacia abajo. Es un hombre joven, tal vez un hombre fuerte, tiene un nombre y alguien lo llama por ese nombre y el responde a ese nombre cuando alguien lo llama. Camina inclinado, mirando hacia abajo, nadie ve sus ojos, están ocultos sus ojos tras los párpados bajos. Las cejas se delinean gruesas, oscuras. Las cejas que están sobre los ojos. Se para e inclina el cuerpo y su mano ancha y nerviosa busca una bolsa amarilla que está en el suelo de la calle por donde caminan. La mujer se detiene y pone a la niña en la vereda, casi en el filo del cordón de la vereda, el hombre descuelga al niño de sus hombros y también lo pone en la vereda, casi en el filo del cordón de la vereda. Los tres están alrededor del hombre que abre la bolsa amarilla que está en el suelo de la calle por donde caminan. Los tres están pendientes de los gestos del hombre que mete su brazo dentro de la bolsa amarilla y busca adentro de la bolsa amarilla como si se le hubiera perdido algo que debe estar allí dentro. Después de hurgar en lo que hay adentro de la bolsa amarilla, saca algo y lo mete en una bolsa de plástico que llevaba en el bolsillo del pantalón. Ahora la bolsa de plástico está colgada de su brazo y se balancea mientras camina. Van repitiendo el gesto a lo largo del camino, hasta que la bolsa colgada de su brazo está casi llena. Entonces el hombre, la mujer y los dos niños, extienden en el suelo unos diarios y se sientan alrededor de los diarios. El hombre abre la bolsa de plástico que está colgada de su brazo y que está casi llena y saca lo que hay adentro. Los cuatro comen en silencio. La gente pasa. No hay nadie que los mire. Si alguien los mirara, tal vez, se preguntaría el porque de esa tristeza sin descanso siempre al borde de los ojos. Para que esto ocurra, alguien debe detenerse y mirarlos a los ojos y atreverse a seguir miràndolos. Pero no hay nadie que los mire.
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